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CARRUSEL: Sí: urgen los contrapesos… pero ¿quién se apunta?

López Obrador: innecesariamente pendenciero
Sí: urgen los contrapesos…
pero ¿quién se apunta?

Está visto, estimado lector: será difícil, por no decir imposible, que Andrés Manuel López Obrador abandone el papel de buscabullas que lo caracterizó a través de 3 campañas presidenciales, para asumir el rol serio y protocolario de la investidura a la que aspiró con tanto ahínco.
Hablando en términos boxísticos lo ubicaríamos más como un fajador que como un esteta del ring, porque un día y otro también, el Presidente lanza golpes y abre nuevos frentes con una energía que parece inagotable, aunque digna de mejores causas en vez de atizar el encono y la división entre los mexicanos.
Ya comentamos aquí la facilidad que tiene para ubicar a los malvados –porque a los buenos los encarna él-, que desfalcaron al país, aunque termine quemándolos solo verbal y no penalmente, como para que no se le acabe la materia prima de un discurso descalificador a ultranza. Se quedó en el rol de opositor en campaña, pues, sólo que ahora encarna un presidencialismo que si bien revivió revestido con un alto bono democrático, también se mueve al filo del autoritarismo, bajo la regla absolutista de los déspotas: el que no está con él, está contra él.
Si lo que quiere es romper moldes escudado en que siempre tiene la verdad y la razón de su lado –amén del “bendito y sabio pueblo”-, va que vuela para lograrlo, pero de paso está sembrando la discordia y la cizaña hasta entre sus propios partidarios, y no se diga entre quienes comienzan a verlo como un mandatario ya no valiente, sino temerario e innecesariamente pendenciero.
Es cierto que llegó con 30 millones de votos, pero tampoco arrasó 100 a cero ni se echó a la bolsa el cheque en blanco de todos los mexicanos, pues si obtuvo el 53.17% de los votos, hubo un 43. 92% que votó por otras opciones. Y esa gente también cuenta o debe contar –como cuentan hasta los que no votaron-, en el discurso y las acciones de un Presidente obligado a incluir  a todos y a trabajar por todos y para todos, no sólo para quienes le muestran una lealtad y una fe que rayan en el fanatismo, en la peligrosa idolatría.
López Obrador acumula ejemplos a diario y no se batalla para encontrarlos, porque su guillotina descalificadora luce más que afilada… y pobre del que se le atraviese.
Acaba de pasar con la rasurada que desde el púlpito presidencial les dio al gobernador de Chihuahua, Javier Corral y al expresidente del PRD, Agustín Basave, con su intención de formar un grupo que buscaría hacer contrapeso al presidente López Obrador y también convertirse en una instancia de interlocución.
El escopetazo fue el usual, de desdén y escarnio público: no los bajó de “ternuritas” que "tienen escritores, en la prensa 'fifí', en la academia, gente de derecha, conservadores", a los que aconsejó “que no hagan el ridículo”, como subliminal advertencia de que nada penetrará su cubierta de teflón, naturalmente reforzada por el apoyo “del pueblo sabio y bueno”.
Bajo la lógica de López Obrador, nada amerita argumentación. Su línea inflexible es la descalificación automática con sus epítetos favoritos: sus detractores son “fifís”, “machuchones” o conservadores, y si son de izquierda, son “de la izquierda radical” donde se esconden ¡los conservadores!
Total: no hay para dónde hacerse, porque si Salinas de Gortari salió con aquello de que a sus opositores no los veía ni los oía, para López Obrador ni eso merecen porque ni siquiera existen.
A la burla del descontón para Corral y Basave, el Presidente añadió sarcásticamente su magnanimidad: se dijo respetuoso de ese grupo y anunció que garantizará “su derecho a disentir”, como si fuera amo y señor para concesionar, retirar o vetar derechos consagrados en la propia Constitución.
Su actitud impositiva, ese radicalismo, ese desdén hacia quienes no piensen como él, no tardará en pasarle facturas hasta en sus propias filas.
Ya pasó con su ex coordinadora de campaña y hoy diputada Tatiana Clouthier, -inicialmente enfilada hacia una subsecretaría en Gobernación-, cuando le echó en cara la disfrazada militarización del país vía Guardia Nacional, y acaba de pasar al conocerse el nombramiento de José Antonio Meade como ejecutivo del banco HSBC, precisamente cuando López Obrador está promoviendo que quienes ocuparon altos cargos públicos no se pasen a la iniciativa privada hasta en 10 años, para evitar conflictos de interés.
Desde el Senado, el coordinador de Morena, Ricardo Monreal, dio una cátedra de política y de altura a la hora de ejercer el poder:
Ricardo Monreal: se sale del huacal
“El hecho de que HSBC lo haya designado consejero independiente es una decisión de ellos. En lo personal, no voy a descalificarla. Tengo una opinión positiva de él y no voy a generar condiciones de diatriba ni de confrontación. Tengo respeto por los adversarios políticos”.
Seguramente en el Palacio Nacional su declaración sonó a herejía. ¿Cómo se le ocurre a Monreal no sólo ir en contra del criterio y los designios del dueño de la verdad, sino confesar además que tiene una opinión positiva y de respeto para Meade?
Conociendo como se las gasta López Obrador, es previsible que eso no se quedará así. Con todo y que le haya sacado la Guardia Nacional por mayoría absoluta en el Senado, Monreal está expuesto a que lo excomulguen desde el púlpito presidencial, pero no puede negársele al zacatecano el valor y la hombría de decir lo que piensa, sobre todo estando en el mismo bando del maestro de los descontones.
Por el propio ritmo diario que mantiene el Presidente a la hora de descalificar a priori y buscar pleito, seguramente no serán los únicos desencuentros y fisuras en un equipo que si bien llegó como aplanadora, tampoco está integrado por tontos o zombis, como para pasar por alto que a López Obrador se le está pasando la mano.
Ahí están ya Tatiana Clouthier –nada dejada, como digna hija del “Maquío”- y el propio Monreal, que ni se chupan el dedo ni son proclives a la adulación.
Fuera de su aureola de infalibilidad y del golpeteo mediático al que somete a sus detractores, el Presidente empezó a acumular reveses, débiles si se quiere, pero tropezones al fin. Ya le pasó con la Ley de remuneraciones de los servidores públicos, que le frenó la Suprema Corte vía amparo, y a ese mismo conducto piensan recurrir algunos legisladores para echar abajo su orden de que el dinero de las guarderías vaya directo a los padres de familia.
Suena muy bonito su argumento de que así elimina a los intermediarios, peeeero dejó de lado que esos fondos ya estaban etiquetados para guarderías –no para los padres- en la ley del presupuesto de egresos del gobierno federal. Meterles mano para otro uso implicaría el delito de desvío de recursos, y lo más grave: ordenado por el propio Presidente.
Ya se sabe que López Obrador es inamovible y obstinado a la hora de tomar decisiones y no muy dado a escuchar ni a sus más cercanos, rasgos peligrosos para quien lleva la siempre pesada responsabilidad de conducir un país, porque alguien así coquetea naturalito con lo dictatorial.
Por eso mismo son indispensables los contrapesos. En el caso que nos ocupa y a nivel instituciones, hasta hoy sólo se le ha atravesado la Suprema Corte, porque de ahí en fuera –salvo que cuaje el nuevo frente anunciado por Corral y Basave, y al que ya anunció su adhesión Vicente Fox- nadie más le ha plantado cara.
La cuestión no es simple ni fácil, sobre todo porque quienes integren esos contrapesos deben tener la suficiente estatura política, moral y una credibilidad a toda prueba como para cuestionar a un Presidente de altísima aprobación popular, pero que parece apostarle más al zafarrancho que a la suma de voluntades que le permita avanzar más rápido en las ambiciosas metas que se trazó. Fomentar la discordia y la desunión entre los gobernados nunca ha sido una buena fórmula para salir adelante, y López Obrador parece aferrarse a ella.
A propósito de esos contrapesos, me quedo con lo que comentó el columnista Jorge Zepeda Patterson:
“Todo poder necesita un contrapoder o de lo contrario se hace absoluto. A Dios hubo que inventarle Satanás, al Rey el Parlamento, a Bill Gates de Microsoft Apple de Steve Jobs, al Real Madrid el Barcelona. El triunfo arrollador de López Obrador, sus mayorías en las Cámaras y sus astronómicos niveles de aprobación entre las masas, requieren también de contrapesos que le ofrezcan retroalimentación y contención, le exijan mejorarse a sí mismo y le hagan corregir errores o excesos.
El problema es que no se observa ninguna entidad con los tamaños o los méritos para convertirse en rival capaz de subirse al ring o poner a prueba al soberano. Adversarios hay, desde luego, pero están muy disminuidos políticamente o muestran una moralidad abollada frente a la opinión pública”.
Hasta aquí Zepeda Patterson. Yo me preguntaría: ¿serán los indicados Javier Corral, Agustín Basave y Vicente Fox para asumir ese importantísimo papel?
No lo sé, estimado lector, pero de lo que no me cabe duda es que, séanlo o no y por el sólo hecho de habérsele atravesado, deben prepararse para resistir la metralla verbal de descalificación y burla, a la que es tan afecto el señor Presidente.
Vicente Fox: listo para pleito de callejón
(Con Fox es tiro cantado: no nos extrañe que se trencen en pleito de verduleras. Primero, porque el guanajuatense no es precisamente dejado y también saca chispas con sus florituras verbales, y luego porque al Presidente no parece importarle arrastrar la investidura en pleitos de callejón,así que ¡jalen sillas!)

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